A las mujeres de ayer y hoy

Durante los pasados 10 días estuve anotando mentalmente comentarios escuchados al pasar.

Me encantaría poder decir que esos comentarios vinieron tanto de hombres como de mujeres. Pero no; eran comentarios de mujeres dirigidos a otras mujeres. Y si bien la muestra poblacional no era lo suficientemente grande como para generalizar, me permito agregar que los comentarios que se listan a continuación provinieron, en todos los casos, de mujeres de una generación anterior.

Escuché cosas del estilo:

  • A los 40, la mujer soltera tiene que apuntar a conseguir un hombre de 50, porque los hombres de 40 están buscando mujeres más jóvenes.
  • Si estás soltera es porque tenés estándares muy altos.
  • Fulanita se casó grande… como a los 34 años.
  • Dos amigas se encuentran después de mucho tiempo. La mayor le pregunta a la más joven: “Y… ¿alguna novedad?” [concretamente preguntando si había algún hombre en su vida]
  • Una amiga muy querida por mí, me cuenta que sistemáticamente la miran con espanto al escucharle decir que no tiene deseos de ser madre.

Y mi favorita:

  • Domingo 13:00 hs, me encuentro con mi vecina en el laundry del edificio. Le comento, feliz,  que la noche anterior había asistido al casamiento de mi hermana menor. Me mira amorosamente y me responde a modo de consuelo: “Mi hermana mayor se casó grande, a los 40 años”. La lectura: “No pierdas las esperanzas, todavía podés casarte a los 40 con uno de 50.”

Estemos más atentas y evitemos propagar en la sociedad un modelo cultural que le imponga obligaciones y fecha de vencimiento a la mujer. Dejemos de asumir que las mujeres de hoy queremos lo mismo que las mujeres de ayer. Evitemos darnos consejos del tipo “conformate con lo que queda” o “aguantá lo que no te gusta”. Evitemos dar por sentado que la “novedad” en la vida de una mujer soltera es que dejó de serlo.

Pero sobre todo, evitemos generar en el otro una sensación de carencia, y desmitifiquemos la maternidad como valor universal.

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Si no te lo dijeron todavía, escuchame cuando te digo que ya estás completa; que nadie (sea hombre o mujer) se realiza a sí mismo por medio de otro, ni necesita de otro para darle un propósito a su vida.

Y recordá siempre que el primer amor, es el amor propio.

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Refugiate en el amor (*)

“Las personas llegan a tu vida por una razón, por una estación o por toda una vida.

Cuando alguien llega a tu vida por una razón, es generalmente para crear una cuña en tu vida, para hacerte tomar un rumbo enteramente nuevo; un rumbo que de otra forma no hubieras emprendido. Este tipo de vínculo un buen día y sin ninguna causa real o de una forma inconveniente, llega a su fin.  A veces esa persona muere. A veces simplemente se aleja sin escuchar. A veces actúa de una forma que te obliga a hacerle frente. Nos cuesta entender que su trabajo en nuestras vidas, está hecho.

Otras personas llegan a tu vida por una estación, porque llegó el momento de compartir, de crecer y aprender. Te traen paz. Te hacen reír.  Te enseñan algo que jamás se te hubiera ocurrido hacer, y generalmente te traen enormes cantidades de alegría. Y dura sólo una estación.

Otras relaciones duran toda la vida, y te enseñan lecciones de vida. Son vínculos que te ayudan a construir una sólida base emocional. Pero en cualquiera de los tres casos, tu trabajo es aceptar la lección que trae cada una de ellas, amar a pesar de todo y aplicar lo aprendido a todos los vínculos y áreas de tu vida.” (*)

(*) Anónimo. Copiado de la pared de una habitación en Praga.

De las rupturas que me han tocado vivir, hubo una especialmente triste para mí. Había sonado la hora de la despedida, y yo golpeaba a su puerta. Fue accidental que mi atención se posara sobre las sandalias que usaba todos los días. Pero en ese instante, parada frente a su puerta observando las sandalias descuidadamente olvidadas en la entrada, se abrió la puerta del recuerdo y reviví mis más sinceros sentimientos hacia él y hacia nuestra amistad, de la misma forma en la que una canción olvidada trae consigo sentimientos que se creían perdidos.

Inesperadamente imbuida del más sincero amor, dejé de lado el dolor y me prometí a mí misma no albergar jamás críticas ni sentimientos hostiles hacía quien había sido mi amigo, y me despedí de él ese día con la gratitud en los labios.

Por todo ese amor, por los buenos momentos, y por las risas.

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(*) Remitirse al capítulo Mismas calles, mismas veredas

3 Historias. Parte 1

El vendedor de Kashmir, o sobre cómo correrse del propio lugar.

Todos los vendedores, o la amplia mayoría de ellos, te saludan por la calle al pasar, y acto seguido te invitan a visitar su negocio. Para la segunda semana en Varkala, sentía mi paciencia filtrarse por todos mis poros. Una tarde, exasperada, le contesté a una vendedora de muy mala gana. Me sentí culpable por horas. Pero si ella o si cualquiera de los vendedores que me acosa cada día supiera que en menos dos cuadras decenas de ellos me saludan y me invitan a pasar por su negocio cada vez que voy o que vengo…

Es cierto que no todos son así, y al poco tiempo me hice amiga de un vendedor de Kashmir. A veces, me detenía en su negocio y me invitaba una taza de té. Charlábamos un rato, compartíamos historias, y luego me iba a casa. Una tarde, tras preguntarle cómo había sido su día, me dijo, entre líneas, que no había vendido nada en días. Me dijo que no había mucho que él pudiera hacer, que a pesar de ser temporada alta no había gente en la calle. “Todavía quedan dos meses más” – dijo consolándose, sin dejar de reconocer que sería una temporada alta más corta de lo habitual…

La expresión de su rostro, el tono de su voz y la preocupación que trató de no mostrar –todo eso me sacudió y me hizo pensar durante un momento en todo lo que no sabía, o no había pensado.

Salí de su tienda y camino a casa saludé a todos, con genuina empatía.

La gastroenteritis y el autoconocimiento

Una tarde, la madre de Geetha me dijo, sin ningún tono de alarma, que ella siempre dejaba la comida afuera de la heladera porque sino “perdía el sabor”. Yo, que venía con una diarrea galopante desde hacía 1 semana, pensé furiosa: «Pero, señora… me quiere matar y que parezca un accidente? ¿Cómo se puede ser tan ignorante de poner el sabor por delante de la salud?»

Dos días más tarde, me encontré poniéndole demasiada sal al arroz blanco hervido, porque no tenía gusto a nada. Mi consciencia me susurró al oído: «¿No era de ignorantes hacer prevalecer el sabor sobre la salud?». Como si fuera a propósito, la madre de Geetha vio la cantidad de sal que le había puesto al arroz, y lanzó una expresión de desaprobación, mientras cortaba el undécimo ají verde para la cena. La situación era cuanto menos irónica, pero esta vez, en lugar de enojarme me quedé pensando. Se me ocurrió que tal vez no era del todo inútil ver la paja en el ojo ajeno. Tal vez era un camino inconsciente hacia al autoconocimiento. Al ver la paja en el ojo ajeno, adquirimos un registro sobre un comportamiento incorrecto, y esa vara que usamos irreflexivamente para medir al otro termina, tarde o temprano, midiéndonos a nosotros mismos.

Mientras comía mi arroz salado bajo la mirada desaprobatoria de la anciana, recordé a ese compañero de yoga iraní que practicaba justo adelante mío. Qué fastidioso, siempre estaba desconcentrado durante la práctica. Si se acomodaba la ropa, se le desarreglaba el pelo. Todos los días le picaba algo. Como el profesor nos había indicado que mantuviéramos el mismo lugar que elegimos al inicio del curso, para la tercera semana me conocía todos sus movimientos. Entonces entendí, y recogí la indirecta. A partir de ese momento, comencé a buscar en mí todo lo que había visto en él. Y descubrí que un día me arreglaba la ropa, y otro día me rascaba la pierna. Me amigué con el iraní.

Así que toda mi gastroenteritis me sirvió para arribar a esta conclusión, pienso.