Nota mental del día

Nadie es una hoja en blanco. Incluso si se trata del primer día que alguien pisa un yoga mat, ya sea en el rol de alumno o de instructor, todos traen consigo un bagaje de experiencias que es único en su tipo. Es como una huella digital.

Y en ese sentido, nadie es estrictamente principiante.

Si un profesor puede mantener eso en mente a la hora de enseñar, podrá reconocer y recapitalizar cada rasgo individual, y al mismo tiempo podrá aprender de aquellos a quienes enseña.

En esta familia humana, estamos todos acompañándonos de regreso a casa(*).

| Dedicado a alumnos y profesores, nuevos y viejos.

krounchasana

_______________________

“We are all just walking each other home” – Ram Das

Anuncios

Agua Fría

El ashram estaba ubicado a los pies de los Himalayas. Me había rehusado a regresar al norte en invierno, pero no obtenía respuesta del retiro de Sri Lanka, y de Nepal me respondieron en el día. Los amigos de Varkala trataron de persuadirme de que me quedara en el sur, de que hacía frío en el norte, etc. Pero yo estaba convencida de que el llamado venía de Nepal, y partí.

Además de usar dos buzos y una campera, iba y venía envuelta en mi frazada. Comía con mi frazada, meditaba con mi frazada. Observaba el atardecer envuelta en mi frazada. Y cuando supe que no había agua caliente en el ashram, decidí que no me bañaría durante los 10 días del  retiro. Lo cierto es que al tercer día salté a la ducha. Fueron las duchas más cortas de mi vida.

Y así transcurrieron los días y la práctica, hasta que llegó la última mañana, la última meditación. Finalizó el voto de silencio, y había una atmósfera de júbilo en todo el lugar. Recuerdo que salí de la stupa y mi mirada se cruzó con los ojos amistosos de otras nepalíes. Después de intercambiar unas palabras con ellas, miré en dirección a las duchas y decidí que me bañaría esa misma mañana. No había necesidad realmente; esa noche regresaría a mi hotel en Katmandú, y podría disfrutar de una ducha caliente.

El agua estaba helada y la mañana ventosa, y debajo de la ducha sólo el cuerpo temblaba. La mente tan sólo atestiguaba que el agua estaba helada y la mañana ventosa. Ni el frío, ni la incomodidad pudieron ese día provocarme una reacción. La mente estaba ecuánime, y me cuesta traducir en palabras lo que fuera uno de los instantes más conscientes de mi vida.

Saltar otra vez

Salté de la cornisa de mis estructuras mentales con el mismo espíritu del Loco del Tarot de Marsella, en busca de un conocimiento que estaba lejos de casa.

Los que me querían me miraron con vértigo pero me tejieron una red, hecha de manos amigas, manos familiares y manos desconocidas que se volvieron amigas durante mi caída libre. Nunca perdí la fe de que no tocaría el piso. De que algo sucedería; algo del orden de lo mágico. Ha crecido adentro mío una especie de fe que es difícil de transmitir con palabras. Es como una suerte de entrega inocente.

El sol del año se pone en Buenos Aires, y la aurora del próximo anuncia un nuevo salto. Parada otra vez en el borde de la cornisa, ignoro si exista una red esta vez.

Sólo sé que en todo este trayecto me han crecido alas, y que el Universo me cuida la espalda.

Mirarse diferente | Under a different light

Me desperté una mañana de domingo en Mysore. No usé el despertador porque era mi único día de descanso. La mañana estaba silenciosa, y silenciosa estaba también mi mente. Pero en cuanto desperté completamente y me levanté, comencé a escuchar mi monólogo interior; esa conversación permanente entre las emociones y los pensamientos.

Desde el silencio, los observé sin dejarlos entrar. Y desde el umbral comenzaron a hablarme del pasado, a cuestionarme y a formular juicios de valor. Los dejé hablando solos, y salí a la terraza. Comencé a descolgar la ropa seca de la soga, vestida tal y como me había acostado la noche anterior. Estaba vestida con poca ropa para los estándares de la India, pero no me importó. No sentí vergüenza ni temor de ser vista. Sentí la brisa fresca en el cuerpo, sentí el calor tibio del sol de la mañana. Comencé a descolgar la ropa, y me di cuenta de que estaba en India. Que había podido dejar todo, que estaba viajando, practicando yoga, y convirtiéndome en quien quería ser. Me di cuenta que no tenía por qué juzgarme todo el tiempo, que no tenía por qué hacer todo bien, o todo de la misma forma siempre. Que podía amar a alguien sólo por un día, y que estaba bien que fuera así. Que no todas mis relaciones tenían que ser perfectas, profundas o simplemente salir bien.

La voz interior que me cuestionaba por dentro se cayó de repente, y me sentí libre; dueña de una libertad que nunca me contaron que existía. No había nadie a quién decírselo; nadie alrededor que fuera mi testigo.

Sin premeditación, había cortado con viejas formas de valorarme, que no tenían ya nada que ver con la persona que descolgaba lentamente la ropa de la soga, una mañana soleada en India.

***

Under a different light

I woke up one Sunday morning in Mysore.   I hadn’t used the alarm because it was my only morning to sleep in. The morning was quiet, as was my mind. As soon as I awoke completely and got out of bed I started to hear my inner monologue – that endless conversation between our emotions and thoughts.

In silence, I observed the conversation without letting it enter. And from the threshold they started to talk to me about the past, to interrogate and judge. I left them speaking alone and went out to the terrace.   I began to bring in the laundry I washed by hand the day before, still wearing the clothes I slept in the night before. I was scantily dressed by Indian standards, but I didn’t care. I was neither embarrassed nor worried about being seen. I felt the cool breeze and warm morning sun on my body. As I was taking down the laundry, I realized I was in India. I realized that I had been able to leave everything behind; that I was travelling, practicing yoga, and becoming just who I wanted to be. I realized that I had no reason to judge myself constantly and I could be kind enough with myself to allow for mistakes; that I could love someone for just one day and it was ok that it was that way; that not all my relationships had to be perfect, or deep, or end up ‘right’.

All these questioning thoughts suddenly stopped and I felt free.   Enjoying a freedom that they never told me existed. There wasn’t anybody to tell about it, nobody near to serve as witness.  

Without warning I had broken from long established parameters of self worth, parameters that had nothing to do anymore with the person slowly taking in the laundry on a sunny morning in India.