Un bote tiene dos remos

Me preguntó qué música quería escuchar. ¿Tenés kirtan?” – pregunté yo. “A veces quisiera poder decir que no tengo” – me susurró el francés, casi en un suspiro.

A casi dos años de aquella conversación, y después de un giro completo de la rueda del destino, me encuentro coincidiendo con el francés en esta.

En un contexto muy similar, él se levantó y cambió la música. Sacó lo que estaba escuchando y puso kirtan o algo por el estilo. Yo lo miré, y me encontré pensando como el francés.

Durante mis días en India me definía a mí misma con los dos pies en el mismo bote. Por años, mi sensación había sido la de estar haciendo equilibrio entre dos mundos, y anhelaba el momento en que pudiera poner los dos pies en un mismo lugar.

Pero nunca caí en la cuenta de que un bote tiene dos remos.

No se me ocurría que se podía ser completamente mundano y completamente espiritual. No se me ocurría que tal vez podían estar integrados.

No entendía que tanto el mundo como la ermita podían ser una vía de escape para eludir un compromiso o una responsabilidad. Que mientras estás abstraído en tu proceso interno, tus decisiones se postergan y el mundo sigue girando: el mundo no espera.

No podía ver que el loto flota sobre la superficie del agua porque su raíz está bien anclada al seno del río.

Comprender que el mundo podía ser funcional a la espiritualidad y la espiritualidad podía ser funcional al mundo, fue un hallazgo relativamente reciente.

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A las mujeres de ayer y hoy

Durante los pasados 10 días estuve anotando mentalmente comentarios escuchados al pasar.

Me encantaría poder decir que esos comentarios vinieron tanto de hombres como de mujeres. Pero no; eran comentarios de mujeres dirigidos a otras mujeres. Y si bien la muestra poblacional no era lo suficientemente grande como para generalizar, me permito agregar que los comentarios que se listan a continuación provinieron, en todos los casos, de mujeres de una generación anterior.

Escuché cosas del estilo:

  • A los 40, la mujer soltera tiene que apuntar a conseguir un hombre de 50, porque los hombres de 40 están buscando mujeres más jóvenes.
  • Si estás soltera es porque tenés estándares muy altos.
  • Fulanita se casó grande… como a los 34 años.
  • Dos amigas se encuentran después de mucho tiempo. La mayor le pregunta a la más joven: “Y… ¿alguna novedad?” [concretamente preguntando si había algún hombre en su vida]
  • Una amiga muy querida por mí, me cuenta que sistemáticamente la miran con espanto al escucharle decir que no tiene deseos de ser madre.

Y mi favorita:

  • Domingo 13:00 hs, me encuentro con mi vecina en el laundry del edificio. Le comento, feliz,  que la noche anterior había asistido al casamiento de mi hermana menor. Me mira amorosamente y me responde a modo de consuelo: “Mi hermana mayor se casó grande, a los 40 años”. La lectura: “No pierdas las esperanzas, todavía podés casarte a los 40 con uno de 50.”

Estemos más atentas y evitemos propagar en la sociedad un modelo cultural que le imponga obligaciones y fecha de vencimiento a la mujer. Dejemos de asumir que las mujeres de hoy queremos lo mismo que las mujeres de ayer. Evitemos darnos consejos del tipo “conformate con lo que queda” o “aguantá lo que no te gusta”. Evitemos dar por sentado que la “novedad” en la vida de una mujer soltera es que dejó de serlo.

Pero sobre todo, evitemos generar en el otro una sensación de carencia, y desmitifiquemos la maternidad como valor universal.

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Si no te lo dijeron todavía, escuchame cuando te digo que ya estás completa; que nadie (sea hombre o mujer) se realiza a sí mismo por medio de otro, ni necesita de otro para darle un propósito a su vida.

Y recordá siempre que el primer amor, es el amor propio.

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Upgrade a primera

Salía de mi retiro en las montañas y después de 10 días completos de respirar el aire de los Himalayas, volvía a la ciudad. Me encontraba ahora rodeada de una multitud de personas en el aeropuerto de Katmandú, donde los parlantes anunciaban – uno tras otro – la demora o cancelación de todos los vuelos con destino a Delhi.

Suspiré.

Si perdía mi vuelo a Delhi, perdía mi conexión a Bangalore. Si perdía mi conexión a Bangalore, perdía mi regreso a Buenos Aires.

Suspiré otra vez.

Tras varias horas de demora, anunciaron mi vuelo y partí rumbo a Delhi. Al llegar, me indicaron que me re-ubicarían en el siguiente vuelo a Bangalore. Tenía 30 minutos para hacer el check in, despachar y correr hasta mi puerta, y tenia adelante mío una fila de pasajeros que como yo, habían perdido su conexión y se amontonaban ahora frente al mostrador en el intento desesperado de obtener un asiento.

Cuando llegó mi turno se me coló una familia entera, y entendí que estaba por perder mi vuelo a Buenos Aires. Fue en ese segundo que separa la calma de la desesperación que decidí que no correría. Que pasara lo que pasara, no correría.

Finalmente me entregaron mi tarjeta de embarque y me dirigí hacia la puerta. Me quedó la fotografía mental de ver hombres y mujeres ganándome la carrera hacia la zona de embarque.

No correría.

Una vez en la puerta, entregué mi boarding pass y sonó una alarma. En un inglés con fuerte acento indio, la azafata me indicó que mi asiento había sido ocupado. No me dio tiempo a reaccionar que me dijo que me otorgaban un upgrade a primera.

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Hay batallas perdidas que cotizan mejor que la victoria, y adversidades en la vida que son como un upgrade a primera.

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Cuando la almohada esté fría

La narración que sigue es de entera recreación onírica. Un día como hoy pero dos inviernos atrás, desperté en la mitad de la noche y como mejor pude transcribí al papel las líneas que siguen.

La historia que se comparte hoy forma parte de una serie de cuentos que comenzaron a publicarse cuando aún caminaba bajo las estrellas de India.

Cuando la almohada esté fría

Caía. Luchaba por aferrarse a algo, o alguien. Pero igual caía. Manos desconocidas se tendían en vano en su ayuda. Su propio sudor lo traicionaba haciendo resbaladizas sus manos. No pudo evitar pensar en toda su vida. O quizás no estaba pensando, y simplemente estaba siendo un testigo involuntario de lo que su vida había sido hasta ese momento. Había una explicación trascendente para ese sudor frío. Sus manos resbalaban por su culpa, porque habían sido resbalosas toda su vida a la hora de tender una mano amiga. Se dio cuenta de que era el final. Estaba furioso, pero su resignación fue más fuerte. Ya no luchó por aferrarse, y se entregó.

Entre la multitud de espectadores impotentes, había alguien poco convencional. Había tratado de ayudarlo, pero se le escurrió de entre las manos cuando creyó que lo tenía. La relatividad del tiempo se vuelve incuestionable cuando uno es capaz de contemplar toda su vida en un segundo, o cuando en un segundo alguien es capaz de comprender cómo una legión de causas se entrelazan desembocando en una consecuencia puntual. Para el hombre sería difícil rastrear el origen de este accidente; el intentar pensar en sus causas sería no sólo tedioso, sino también fragmentario.

Pero este Ser no era de la raza de los hombres, y las limitaciones de los hombres no corrían para él. En una dimensión que los físicos de hoy no aciertan en encontrar, este Ser intercedió por el hombre ante Dios. Treinta días, solicitó. Tan sólo treinta días para tratar de mostrarle a este individuo lo que el amor significa. ¿Cómo puede un hombre irse de este mundo peor de lo que entró? Consiguió entonces un acuerdo con Dios. En treinta días sonaría la segunda y esta vez definitiva hora, y antes de ese momento aquel hombre tendría que haber logrado comprender el significado del amor.

Pocas veces somos testigos de algo así. La humanidad quizás no sepa nada en verdad acerca de estos Seres. Tal vez por eso los cuentos populares estén repletos de personajes como los ángeles; pues aun ignorando su verdadera naturaleza, el hombre intuye que alguien vela por él.

Y eso sí es cierto. Quizás sea fragmentario, y quizás no sea sólo eso. Pero es cierto que mientras los hombres duermen, Ellos vigilan.

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“Despierta” – escuchó.

Al abrir los ojos vio que se encontraba en su casa. Respiraba agitadamente, bañado en sudor frío. Nunca había tenido un sueño tan vívido. Y si bien siempre había coqueteado con la idea de quitarse la vida, nunca, hasta ese momento, había considerado seriamente la posibilidad de su propia muerte. Trató de calmarse, pero ya no pudo conciliar el sueño.

Deseó que la mujer que amaba estuviera junto a él. Siempre la extrañaba cuando la almohada estaba fría. Pero ella representaba la disrupción del amor.

Todo terminó de forma abrupta e inverosímil, y le pareció más sano dejarla ir sin cuestionarse la debilidad de sus argumentos. A diferencia de otras veces, en lugar de correr tras ella optó por llamarse a silencio y esperar a que en algún momento ella recapacitara y buscara sincerarse. Pero en lugar de llamarlo para pedir perdón, lo llamó para seguir pronunciando palabras indolentes. ¿Qué lugar podía quedar para el afecto cuando el amor había exhalado su último aliento bajo el puño cerrado de su egoísmo? Ella había atentado contra el amor, y tenía que saberlo.

Detrás de la puerta, el Ángel escuchaba. Su protegido era descreído y desconfiado por naturaleza, pero de alguna manera conseguía creer que el otro era responsable no sólo de sus miserias, sino también de su cinismo. El Ángel cerró sus ojos, y desapareció.

Mientras tanto él se levantó de la cama y se dirigió a su estudio. Se sentó frente a la computadora y comenzó a escribir. El correo iba dirigido a ella con el objeto de desahogarse y descargar su impotencia. ¿Por qué ya no lo amaba? ¿Cómo podía ser tan indiferente al amor que había existido entre ellos? El cinismo y la aversión le dictaron líneas amargas y punzantes, que lastimaban incluso sus propios oídos al escribirse. Levantó la mirada, y se quedó mirando un punto fijo. La casa estaba fría. Llovía, y el vidrio comenzaba a empañarse. Vio un relámpago y se preparó para escuchar el trueno. El sonido estridente lo hizo parpadear, y en ese abrir y cerrar de ojos vio una figura reflejada sobre el vidrio, como un espectro parado detrás de él en la mitad de la noche. El sobresalto le hizo soltar un grito sordo, y a pesar de que le temblaba el pulso, volvió la mirada sobre la pantalla, y envió la misiva.

La epístola provocó un mar de lágrimas en los ojos que leyeron sus punzantes líneas. Sus oídos esperaban una respuesta, y su ansiedad se ahogó en la angustia del mutismo de ella. Esperó días. ¿O fueron semanas? Pero no hubo respuesta. Trató de olvidarla en el fondo de las botellas, en sábanas ajenas y en amigos que aconsejaban tan mal como acompañaban.

Y cada vez que regresaba a su cama, la almohada estaba fría. Entonces rompía a llorar como un niño. ¿Por qué ya no lo quería?

Tocaron a la puerta una mañana de domingo. La resaca lo forzó a quedarse en la cama, y el sonido del timbre se confundió entre sueños con sonidos de ambulancias y sirenas.

Estaba atardeciendo cuando finalmente despertó y encontró el papel debajo de la puerta.

La improvisada epístola leía:

Lamento que el espejo de tu corazón me refleje de una forma tan horrible. Lamento que no nos hayamos podido entender mejor. Ojalá el tiempo cierre un día las llagas que nos causamos sin darnos cuenta. Ojalá un día nos despertemos sin heridas. Te amé genuinamente, y amé genuinamente al hijo que no quisiste tener.

 El Ángel le sostenía la carta mientras la leía, y la tinta comenzaba a correrse con las lágrimas que caían. Entonces vio su vida como si fuera una película retrospectiva, y recordó detalles mínimos de situaciones que se había esforzado en olvidar. Y frente al Juez de su Consciencia sus lágrimas se volvieron amargas  por la impotencia. Quiso escribir líneas de perdón, pero el cansancio lo invadió y no pudo más que volver a hundirse entre sus sábanas.

La almohada estaba fría, y entendió que estaba fría por su propia responsabilidad. Cerró los ojos en serena aceptación. El Ángel lo tapó, y lo acompañó por un sendero de cálida luz, sumiéndolo en un sueño de belleza y amor.

En el paisaje que le recrearan encontró los ojos serenos de ella, y en el fondo de sus ojos escuchó el llanto de un niño. Un llanto que se parecía más a una risa.

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Epígrafe | Epigraph

El 15 de Septiembre partiré con destino a Bangalore, y a partir de ese momento comenzarán a escribirse estas notas. No crean que estas páginas serán objetivas; no querrán serlo, por lo menos. Más bien tómenlas como se toma un caleidoscopio, y gírenlas cuantas veces quieran para encontrar la verdad de cada uno, porque es con ese espíritu que se publican.

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On September 15th I will be leaving for Bangalore. From that moment on notes will be taken down. Do not think that these pages will be objective; they will not try to be so at least. Take them rather as a kaleidoscope, turning it as much as you like until you can find your own truth. For it is with that spirit in mind that these personal notes are being published now.