Saltar otra vez

Salté de la cornisa de mis estructuras mentales con el mismo espíritu del Loco del Tarot de Marsella, en busca de un conocimiento que estaba lejos de casa.

Los que me querían me miraron con vértigo pero me tejieron una red, hecha de manos amigas, manos familiares y manos desconocidas que se volvieron amigas durante mi caída libre. Nunca perdí la fe de que no tocaría el piso. De que algo sucedería; algo del orden de lo mágico. Ha crecido adentro mío una especie de fe que es difícil de transmitir con palabras. Es como una suerte de entrega inocente.

El sol del año se pone en Buenos Aires, y la aurora del próximo anuncia un nuevo salto. Parada otra vez en el borde de la cornisa, ignoro si exista una red esta vez.

Sólo sé que en todo este trayecto me han crecido alas, y que el Universo me cuida la espalda.

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Cuentos de la India |Una Lágrima en la Mejilla del Tiempo(*)

Los cuentos que se publicarán a lo largo de estas semanas forman parte de una colección de escritos que nacieron durante mi primer viaje a la India y al Reino Unido, en Octubre de 2012. Dichos cuentos se publicaron en un blog que cerré finalmente al crear Páginas de un Diario Abierto en Agosto del año pasado, y por esta razón tal vez algunos de ustedes ya los conozcan.

Según lo siento, este segundo viaje fue hijo del primero, que me mostró el escenario dentro del cuál me sumergiría dos años más tarde. Aquel primer viaje me trajo la respuesta a una pregunta que llevaba en mi vida 12 años sin responderse. Y cuando esa respuesta llegó fue como un llamado, un mandato interior.

Sin respetar la linealidad del tiempo, paso a contarles algunas historias de aquella primera India que conocí.

Una Lágrima en la Mejilla del Tiempo(*)

El emperador Shah Jahan había perdido a su esposa predilecta durante el parto de su decimocuarto hijo. Cuentan que enloqueció al perderla, y quiso construirle un mausoleo que estuviera a la altura de su belleza. Se dice que gastó la fortuna de su imperio para poner una última joya sobre su cabeza, acto que le valió el encierro en el Fuerte de Agra hasta su muerte.

Parada frente al Taj Mahal, no podía dar crédito a la perfección que veía. Le había dicho a mi amigo que sólo quería recorrer los lugares sagrados de la India. Él me dijo que al Taj Mahal había que ir por lo menos una vez en la vida, pero no me convenció. Luego me dijo que no era un lugar sagrado, pero era un monumento erguido al Amor. «Partimos mañana mismo», respondí yo.

Pero Agra no fue importante para mí por el Taj Mahal, sino por aquella conversación.

Después de esa charla nos miramos en silencio y le pedí que me abrazara. El corazón nos latía fuerte, al punto que hablaba por los dos. Se estremeció cuando tocó mi piel. «Estás hecha por las manos de Dios», me dijo. Y entonces fui yo quien se estremeció. El Ganges corría fuerte mientras nosotros bebíamos del néctar que destila el amor.

Él todavía dormía a mi lado cuando abrí los ojos. Apenas vestida me levanté, y me asomé al balcón. Las campanas de los templos levantados a orillas del Ganges me susurraron haber visto toda la escena. Sonaban una tras otra, como dialogando entre ellas. Tal vez estuvieran conversando sobre lo dulce que puede ser el amor cuando dos amantes finalmente se entregan.

Pero no fue fácil. Si bien en el fondo todos sabemos que ninguna relación es para siempre, es distinto cuando uno sabe la fecha exacta de cuándo se termina. Y para mí sería relativamente fácil regresar a mi nueva vida en Buenos Aires, pero ¿y para él? ¿Qué sería de él cuando tuviera que volver a su vieja vida sin mí? Además, yo sabía en carne propia lo que se sentía regresar a un cuarto vacío. Buscándome instintivamente, encontraría sólo aquello que mi memoria hubiera olvidado empacar; aquellas cosas que serían lo suficientemente prescindibles para mí, como para llevarlas conmigo.

Decidí entonces ser responsable y cuidar de sus sentimientos, aunque eso implicara marcharme de la India sin saber cómo serían sus besos, y aunque en mis labios tuvieran que ahogarse las palabras te quiero. Pero a veces la vida baraja cartas que uno no imagina, y en el abrazo que le revelara mis verdaderos sentimientos le mostré los dos caminos que yacían frente a nosotros, y le dejé la decisión a él.

Él optó por el amor, aún sabiendo que acabaría en dolor. Años antes, la vida me había puesto en su misma situación, sólo que no me habían dado la opción de elegir. Y quien sí podía elegir, optó por el camino que le evitaba cualquier sufrimiento.

No sé si aquel viejo amante mío escapó al dolor finalmente; pero lo que es seguro es que el amor se le escurrió, como se escurre el agua entre los dedos. El que vive con miedo a sufrir se condena a sí mismo a una vida en la cuál el sexo es sólo placer, y el amor es una quimera.

El sol de la mañana golpeaba fuerte después de la lluvia, y el ruido del Ganges me mecía nuevamente en un sueño de éxtasis, y amor.

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(*) Rabindranath Tagore, el gran poeta indio que fuera galardonado con el Premio Nobel de Literatura en el año 1913, se refirió al Taj Mahal como “una Lágrima en la Mejilla del Tiempo”, por ser un símbolo del amor y la tristeza inconmensurables de un hombre por una mujer. Es una lágrima derramada que el Tiempo aún no ha podido secar.