Lecciones no tan obvias

El francés se fue(*), y como suele suceder en el escenario de la vida, lo verdaderamente importante fue justamente lo que siguió después.

El dolor genera incomodidad y nos obliga a movernos, a improvisar y a buscar soluciones en donde jamás se nos hubiera ocurrido siquiera mirar. No me fue fácil separarme de él, y busqué refugio en los amigos para aplacar transitoriamente el dolor de la nunca bien ponderada soledad. Pero al mismo tiempo busqué refugio en la sabiduría de distintos terapeutas para comprender la verdadera naturaleza de mi sufrimiento.

Comencé entonces a entender que la espada del dolor había rasgado el velo del inconsciente, y a través de esa apertura pude asomarme a una realidad y a un concepto más honesto de mí misma.

Con el tiempo, pude ver que esta historia fue la respuesta a aquella plegaria silenciosa que elevara en el templo de la diosa Chamundi(**) a las pocas semanas de mi arribo en Mysore. Con mi frente apoyada en la pared posterior del templo, formulé la sincera intención de comprender las raíces inconscientes de mi forma de vincularme afectivamente, y toda esta historia tuvo que ver con eso.

Hoy, casi un año más tarde, aquella plegaria sigue resonando.

Si tuviera que extraer un elixir de toda esta experiencia, esa quintaesencia sería el rol fundamental que juegan tanto la compañía como la soledad en el conocimiento de uno mismo.

Ninguna medicina es agradable, y podemos beberla con ecuanimidad o hacer un berrinche al tragar. Pero esto último es decisión de cada uno.

_______________

(*) Remitirse al capítulo “Días de amor y motocicleta”

(**) Remitirse al capítulo “La Diosa del Cambio”

Anuncios

Recuerda quién eres | Remember who you are

«No puede abandonarse el camino que es de uno»  – Varkala, Enero de 2015.

Accidentalmente me escuché a mí misma. Accidentalmente. Esta frase, salida de mis propios labios cuando la paz de los días de Varkala inundaba mi voz, llegó a mis oídos en el momento justo. Me escuché a mí misma y fue fuerte. Fue como si la parte más profunda de mí viniera a recordarme quién era. Y viniera a pedirme que no lo olvide.

El camino que es de uno nunca es externo. No es tu trabajo ni tu profesión. Ni siquiera es tu vocación.

El camino que es de uno es el camino que te devuelve a ese lugar de paz. Es la actitud diaria de inspirar y dejarse inspirar, de confiar y bailar con los cambios que no comprendemos.

Es la actitud diaria de entender y soltar.

 PSX_20150819_160257

«You cannot quit the path that is right for you»  – Varkala, January 2015.

Incidentally, I heard myself. Really, just by chance. These words, uttered by my own lips when the peace of the days in Varkala filled my voice, came to me at the right moment. I listened to myself and it was transforming. It was as if the deepest part of me came to remind me who I was, and to ask me to not forget it.  

The path that is yours is never out there. It’s neither your job nor your profession. It’s not even your vocation.

Your path is the one that brings you back to that peaceful state. It’s the daily attitude of inspiring and being inspired. It’s the attitude of trusting and embracing even those things that you cannot understand.

It’s an attitude stemming from understanding and letting go.

Una respuesta sincera

Parecía estar buscando una respuesta para sí misma. Parecía estar buscando alguien que sintiera empatía por su propia búsqueda, o por los motivos que la llevaron a buscar algo distinto para ella esta vez. Me detuve unos instantes. Nunca me había dado cuenta que la respuesta era demasiado íntima. Que la respuesta verdadera nunca la había compartido con nadie. Pero lo que le dijera iba a condicionar su propia búsqueda, y necesitaba dar una respuesta sincera.

La verdad es que me fui a la India como consecuencia de una larga serie de acontecimientos, algunos de ellos inconexos en apariencia. La respuesta es que dejé todo y me fui porque en mi corazón descubrí que del abanico de posibilidades que me estaban destinadas, ese era el único sendero en afinidad con mi corazón. Pero antes de que yo llegara a recordar y a entender esto, antes de que lograra escuchar y reconocer mi propia verdad interior, tuvieron que romperse muchas cadenas.

Fue un proceso largo que duró años, durante los cuales la mano de la vida me liberó de las ataduras más fuertes, y me dejó las restantes a mí. Las primeras cadenas no se rompieron sin dolor. Hubieron muchas lágrimas, y resistencias internas. Pero los lazos que me tocaron romper a mí – por elección personal podría decirse –se rompieron en un estado de calma y comprensión interior.

Los monjes tibetanos son conocidos por confeccionar complejos mandalas con polvos de colores. La tarea puede demorar semanas, y ni bien finalizan soplan el mandala y lo destruyen ellos mismos, como símbolo del cambio a que está sujeto todo.

Las crisis son la antesala del cambio, que de tanto en tanto soplan el mandala de la vida con vientos de renovación. Parafraseando a una antigua bendición celta:

“Sal al encuentro de tu camino, y cuando el viento sople, ponte de espaldas”

Mejor andar con zapatos

Fue larga la serie de acontecimientos afortunados que me llevaron a un retiro de meditación Vipassana en los valles de Katmandú. ¿Por qué dejar el paraíso de las playas de Varkala, dejar los amigos, que eran como mi familia en India, y dejar otra vez mi trabajo?

Porque sonó la hora. Y cuando uno escucha claramente que llegó el tiempo, se entrega y baila con la melodía que suena. Baila comprendiendo que nadie –o muy pocos– pueden escucharla. Y así como no es posible probar la existencia de una partitura invisible escrita para nosotros, tampoco es posible negar la naturaleza cambiante e impermanente de todo. Al menos eso está escrito en el reverso de todas las cosas.

Si las leyes de la naturaleza aplican para todos por igual, podríamos inferir que así como los primeros brotes anuncian la primavera que se aproxima, así también todas las situaciones de la vida deberían tener una señal que anuncia el cambio. Pero para identificar las señales del tiempo en la propia vida, se requiere una buena dosis de aceptación. El desapego no es apatía ni falta de amor; es el arte de reconocer y aceptar con ecuanimidad las distintas estaciones de la vida. Y esto es Vipassana.

Vipassana es el arte de desarrollar en uno una visión objetiva y una actitud ecuánime ante la vida. O para decirlo en las palabras del Maestro S. N. Goenka:

“¿Para qué molestarse en forrar el mundo entero en cuero? Mejor ponte zapatos y corre si quieres”.

Vidas pasadas

Se cree que la terapia de sonido con cuencos tibetanos afecta la memoria de tal forma, que quien se somete a ella puede tener recuerdos súbitos de las vidas pasadas. Los días que siguieron a mi sesión de sonido me trajeron ciertamente cientos de recuerdos de “mis vidas pasadas”. Recuerdos de diferentes épocas, separadas por puntos de inflexión que marcaron eras distintas en mi vida. Desde sueños hasta pasajes en algún libro; todo disparaba un botón que me hacía recordar hasta detalles mínimos de situaciones que había olvidado por completo, y que me hicieron ponderar todo otra vez.

Esta revisión del pasado me hizo ver cuán selectivo y fragmentado puede ser nuestro recuerdo. Porque la memoria es otra cosa. La memoria es el escriba impersonal del libro de nuestra vida, y registra todo por lo visto; hasta el detalle más ínfimo. Luego nosotros elegimos qué recordar y qué olvidar. A causa de esto, a veces somos demasiado duros con nosotros mismos, y a veces, demasiado duros con los demás.

Entendí también que sin importar lo mucho que alguien nos lastime, o lo enojados que podamos estar con alguien que nos hirió alguna vez, tenemos que poder perdonar en nuestro corazón porque es la única manera de no hacer daño cuando la vida vuelva a barajar. De lo contrario, por acción u omisión vamos a causarle dolor a otra persona, y ya existe demasiado dolor en el mundo como para sumarle nuestro aporte.

Incluso muchos años más tarde, el pasado puede seguir enseñándonos. Pero es preciso mirar para atrás de forma holística, partiendo del supuesto de que ningún hecho en nuestra vida es casual o aislado.

No puedo evitar creer en esto, dada mi experiencia.

En busca de un corazón de oro

«Cuando enseñes, vas a tener que aprender a diferenciar cuando alguien dice que quiere aprender con el cuerpo, y cuando lo dice con la mente. Vos querés dar todo lo que sabés, pero no se puede. Vas a tener que aprender a dar a cada uno lo que pueda tomar. Si se vierte demasiada agua en un vaso, rebalsa y no le sirve a nadie»

Y detrás de esas palabras, se escondía una gran compasión. Mientras él le decía esto a mi mente, le decía a mi corazón: «No importa si te quieren o te odian, no importa si podés darte cuenta que el otro no siente respeto o gratitud en su corazón por la enseñanza que le estás brindando. Tratá de comprender que existen limitaciones en todas las personas, y tratá de hacer algo por los que vinieron a vos»

Fue entonces cuando me di cuenta que su actitud exterior respondía a la actitud exterior de los alumnos, y su actitud interior variaba en función de la actitud interior que cada uno tenía hacia él. Es decir, a pesar de que él se diera cuenta de lo que albergaba el corazón de cada uno, trataba cada cosa a su nivel.

Por ejemplo, hay en la clase una muchacha que es del tipo pasivo-agresivo. Un día, esta muchacha hizo una observación hostil disfrazada de comentario bien intencionado. El profesor respondió de forma bien intencionada. Durante la práctica de asanas, ella demuestra esforzarse, y él la ayuda y la corrige con la misma dedicación. Pero cuando ella en el reporte de evaluación de mi clase práctica hace la siguiente observación sobre mi desempeño: “Se dieron demasiados detalles e información que resulta irrelevante”, él responde a esto con la frase con la que abrí este capítulo.

Esto fue un verdadero insight para mí. Cuán centrado debe ser uno para tener ese equilibrio interior en la vida que permite responder a cada cosa en su propio nivel.