Cuentos de la India | De bazares y locos

Mi primera noche en India tuve miedo. Estaba en un hotel 5 estrellas, acostada en una cama que era por lo menos 3 veces el tamaño de la mía, en una habitación con cerámica italiana y un canasto lleno de frutas sobre la mesa. Pero tuve miedo porque estaba sola y lejos de casa. Lejos de todo lo que conocía.

Recostada, miraba el techo. Recordé que estaba en India porque fue como un llamado. Tenía que seguirlo y ver a dónde me llevaba. En ese instante decidí entregarme, y elegí reemplazar mis miedos e inseguridades por la determinación de ver de qué sería capaz. No pensaba que todo iba a salir bien necesariamente, pero me propuse ver qué sería capaz de hacer frente a lo inesperado, frente a la adversidad. Y acepté que no tenía el control último de lo que pasara en mi vida. 

Esa noche solté el control junto con la necesidad de las certezas. 

Viajando en bici-rickshaw por las calles de Amritsar, rememoraba aquellas primeras horas en India. Mi conductor pedaleaba, gritaba y tocaba bocina a lo loco en un esfuerzo por esquivar vacas y motos. No se hablaba inglés en Amritsar, y creo que no se hablaba ni siquiera hindi. Pero mi conductor y yo nos entendimos con un poco de inglés y un poco de buena voluntad.

Deambulando por los bazares de Amritsar me sentía como El Loco del Tarot de Marsella, como guiada por una suerte de fe. El que te observa de afuera suele pensar que perdiste el rumbo, y sin embargo, no todo el que deambula anda perdido1.

Guardaba en mi corazón una gratitud silenciosa. Este peregrinar sin planes ni reservas previas se lo debía a él. Hasta su llegada, mi vida había sido exteriormente próspera, interiormente chata. Pero él meditaba en monasterios tibetanos, recorría India en motocicleta y no concebía la vida sin aventura. Su espíritu libre me fascinó, como se fascina a las cobras con una flauta mágica.

Él me inspiró a salir, y ver el mundo. Verlo con mis propios ojos. Por aquel entonces, nadie creía que sería capaz de viajar sola o de irme demasiado lejos. Pero él instiló parte de su confianza en mí, y esa confianza era ahora mía.

«¿Qué vas a hacer sola en India?» me preguntaron en Buenos Aires, más veces de las que quisiera recordar.

Improvisar, eso haría.

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1 J. R. R. Tolkien, El Hobbit.

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Cuentos de la India |Una Lágrima en la Mejilla del Tiempo(*)

Los cuentos que se publicarán a lo largo de estas semanas forman parte de una colección de escritos que nacieron durante mi primer viaje a la India y al Reino Unido, en Octubre de 2012. Dichos cuentos se publicaron en un blog que cerré finalmente al crear Páginas de un Diario Abierto en Agosto del año pasado, y por esta razón tal vez algunos de ustedes ya los conozcan.

Según lo siento, este segundo viaje fue hijo del primero, que me mostró el escenario dentro del cuál me sumergiría dos años más tarde. Aquel primer viaje me trajo la respuesta a una pregunta que llevaba en mi vida 12 años sin responderse. Y cuando esa respuesta llegó fue como un llamado, un mandato interior.

Sin respetar la linealidad del tiempo, paso a contarles algunas historias de aquella primera India que conocí.

Una Lágrima en la Mejilla del Tiempo(*)

El emperador Shah Jahan había perdido a su esposa predilecta durante el parto de su decimocuarto hijo. Cuentan que enloqueció al perderla, y quiso construirle un mausoleo que estuviera a la altura de su belleza. Se dice que gastó la fortuna de su imperio para poner una última joya sobre su cabeza, acto que le valió el encierro en el Fuerte de Agra hasta su muerte.

Parada frente al Taj Mahal, no podía dar crédito a la perfección que veía. Le había dicho a mi amigo que sólo quería recorrer los lugares sagrados de la India. Él me dijo que al Taj Mahal había que ir por lo menos una vez en la vida, pero no me convenció. Luego me dijo que no era un lugar sagrado, pero era un monumento erguido al Amor. «Partimos mañana mismo», respondí yo.

Pero Agra no fue importante para mí por el Taj Mahal, sino por aquella conversación.

Después de esa charla nos miramos en silencio y le pedí que me abrazara. El corazón nos latía fuerte, al punto que hablaba por los dos. Se estremeció cuando tocó mi piel. «Estás hecha por las manos de Dios», me dijo. Y entonces fui yo quien se estremeció. El Ganges corría fuerte mientras nosotros bebíamos del néctar que destila el amor.

Él todavía dormía a mi lado cuando abrí los ojos. Apenas vestida me levanté, y me asomé al balcón. Las campanas de los templos levantados a orillas del Ganges me susurraron haber visto toda la escena. Sonaban una tras otra, como dialogando entre ellas. Tal vez estuvieran conversando sobre lo dulce que puede ser el amor cuando dos amantes finalmente se entregan.

Pero no fue fácil. Si bien en el fondo todos sabemos que ninguna relación es para siempre, es distinto cuando uno sabe la fecha exacta de cuándo se termina. Y para mí sería relativamente fácil regresar a mi nueva vida en Buenos Aires, pero ¿y para él? ¿Qué sería de él cuando tuviera que volver a su vieja vida sin mí? Además, yo sabía en carne propia lo que se sentía regresar a un cuarto vacío. Buscándome instintivamente, encontraría sólo aquello que mi memoria hubiera olvidado empacar; aquellas cosas que serían lo suficientemente prescindibles para mí, como para llevarlas conmigo.

Decidí entonces ser responsable y cuidar de sus sentimientos, aunque eso implicara marcharme de la India sin saber cómo serían sus besos, y aunque en mis labios tuvieran que ahogarse las palabras te quiero. Pero a veces la vida baraja cartas que uno no imagina, y en el abrazo que le revelara mis verdaderos sentimientos le mostré los dos caminos que yacían frente a nosotros, y le dejé la decisión a él.

Él optó por el amor, aún sabiendo que acabaría en dolor. Años antes, la vida me había puesto en su misma situación, sólo que no me habían dado la opción de elegir. Y quien sí podía elegir, optó por el camino que le evitaba cualquier sufrimiento.

No sé si aquel viejo amante mío escapó al dolor finalmente; pero lo que es seguro es que el amor se le escurrió, como se escurre el agua entre los dedos. El que vive con miedo a sufrir se condena a sí mismo a una vida en la cuál el sexo es sólo placer, y el amor es una quimera.

El sol de la mañana golpeaba fuerte después de la lluvia, y el ruido del Ganges me mecía nuevamente en un sueño de éxtasis, y amor.

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(*) Rabindranath Tagore, el gran poeta indio que fuera galardonado con el Premio Nobel de Literatura en el año 1913, se refirió al Taj Mahal como “una Lágrima en la Mejilla del Tiempo”, por ser un símbolo del amor y la tristeza inconmensurables de un hombre por una mujer. Es una lágrima derramada que el Tiempo aún no ha podido secar.