Agua Fría

El ashram estaba ubicado a los pies de los Himalayas. Me había rehusado a regresar al norte en invierno, pero no obtenía respuesta del retiro de Sri Lanka, y de Nepal me respondieron en el día. Los amigos de Varkala trataron de persuadirme de que me quedara en el sur, de que hacía frío en el norte, etc. Pero yo estaba convencida de que el llamado venía de Nepal, y partí.

Además de usar dos buzos y una campera, iba y venía envuelta en mi frazada. Comía con mi frazada, meditaba con mi frazada. Observaba el atardecer envuelta en mi frazada. Y cuando supe que no había agua caliente en el ashram, decidí que no me bañaría durante los 10 días del  retiro. Lo cierto es que al tercer día salté a la ducha. Fueron las duchas más cortas de mi vida.

Y así transcurrieron los días y la práctica, hasta que llegó la última mañana, la última meditación. Finalizó el voto de silencio, y había una atmósfera de júbilo en todo el lugar. Recuerdo que salí de la stupa y mi mirada se cruzó con los ojos amistosos de otras nepalíes. Después de intercambiar unas palabras con ellas, miré en dirección a las duchas y decidí que me bañaría esa misma mañana. No había necesidad realmente; esa noche regresaría a mi hotel en Katmandú, y podría disfrutar de una ducha caliente.

El agua estaba helada y la mañana ventosa, y debajo de la ducha sólo el cuerpo temblaba. La mente tan sólo atestiguaba que el agua estaba helada y la mañana ventosa. Ni el frío, ni la incomodidad pudieron ese día provocarme una reacción. La mente estaba ecuánime, y me cuesta traducir en palabras lo que fuera uno de los instantes más conscientes de mi vida.

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Días de amor y motocicleta

Mysore, Anokhi Garden Café, 09:00 am

Discutían sobre lunfardo argentino. Levanté la mirada. No podía creer que estuviera escuchando hablar en nuestra jerga ahí mismo, en el epicentro del mundo yogi. Un francés y una neoyorquina discutían en la mesa contigua acerca de la amplia gama de significados que nosotros, los argentinos, le asignábamos a una misma palabra. Los observaba con atención cuando el francés clavó la mirada sobre mí. Bajé entonces la vista, y volví a mi libro. Trataba de leer pero no podía dejar de escucharlos. El francés hablaba muy convencido pero estaba muy equivocado. Y cuando estaba por ganar el debate tuve que intervenir, fue preciso. Oficiando de árbitro, puse fin al debate otorgándole la razón a la neoyorquina y bajándole el pulgar al francés.

Ella se quedó con la razón y él se quedó con mi promesa de aceptarle un café alguna vez; promesa que no tenía la menor intención de cumplir hasta que una mañana me perdí deambulando por las calles de Mysore. Entonces el destino lo puso en mi camino y comenzó todo.

Cada vez que recuerdo aquellos días, recuerdo una libertad plena, y me parece estar abrazando todavía las raíces aéreas del árbol Banyan(*). Y este francés, yogi galán, siempre lograba sonrojarme susurrándome al oído «tu es très belle». 

Fueron días de amor y motocicleta por las rutas de India, que cuando terminaron, dolieron. Y como suele ocurrir en el escenario de la vida, cuando uno cree que las cosas terminan, en realidad está todo por suceder.

Pero sobre esto hablaré más adelante (**).

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(*)El francés me hizo conocer este árbol de cientos de años de antigüedad ubicado en las afueras de Mysore. Su circunferencia es inmensa, y sus raíces aéreas se asemejan a ramas que se hunden en la tierra. Hay allí una energía muy especial.

(**) Remitirse a los capítulos Lecciones no tan obvias y El ashram de Ramakrishna

No lo conviertas en tristeza | Don’t turn it into sadness

«Pienso que se terminó. Que tuviste la suerte de que tu relación con él terminara bien, y eso ya es mucho –no siempre sucede. Si aceptás que tu relación se terminó, vas a ser capaz de verla convertirse en una amistad. Si te aferrás a lo que viviste con él en India, vas a arruinar los buenos momentos que pasaron juntos con dolores que se causarán entre ustedes en el futuro. Dejalo ir.»

Ella permaneció en silencio unos minutos, y finalmente dijo: “No, no es cierto. Esto va a durar”. Le respondí que sólo quería verla feliz, que deseaba con el corazón que fuera así.

Pasaron los meses, y ella regresó a Budapest. Sin programarlo, conversamos una tarde y hablamos de todo. De nuestras nuevas vidas, de nuestras experiencias durante el retiro de Vipassana, y de cómo nos sentíamos hoy con nosotras mismas. Hablábamos en un lenguaje que estaba más allá de las barreras del idioma. Nos entendíamos desde el corazón. Tras preguntarle sobre aquella relación, me contó que ya no se hablaba con él. Que se sentía decepcionada, que él le dijo que la quería pero que no la amaba, y que dijo cosas como que existía entre ellos una barrera idiomática –aludiendo al mediano manejo del inglés que ella tenía. Como es natural, ella se entristeció, y mientras me hablaba de él sólo podía rememorar los malos momentos que habían pasado juntos. Sólo que yo aún recordaba los momentos felices que habían compartido en India; recuerdos que ella me confiara en las playas de Varkala, y que parecía haber olvidado ahora.

Tiempo atrás, el sabor de la separación me había hecho comprender que lo que se queda pegado a la mano destruye los buenos momentos. Sin importar a qué nos estemos aferrando, es mejor abrir la mano a tiempo y dejar ir lo que deba irse. Al menos así conservaremos los recuerdos felices.

Pero este fue un dolor que no pude evitarle.

***

Don’t turn it into sadness

«I think it’s over. I think you were lucky enough to see your relationship ending well – and that’s quite a bit already. It hardly ever happens. If you accept the fact that your relationship is over, you may be able to see it become a friendship. If you hold on to what you have lived in India, you will see your happy memories destroyed by suffering caused by both of you in the time to come. Let it go now.»

She remained silent for a couple of minutes and when she finally spoke, she said that it simply couldn’t be true, that she believed it was going to last. I told her I just wanted her to be happy and that I heartily wished she was right.

Months passed by and she returned to her homeland. One evening, we met by chance and talked about everything: our new lives, our experiences during the Vipassana Retreat and about how we were feeling right now. We talked in a language that was beyond barriers, because in our hearts we were speaking the same language. After asking her about this relationship, she told me she no longer had communication with him. She said she felt disappointed after he said things like he liked her but he didn’t love her, that her poor English was a barrier between them… and stuff like that.

As it is natural, this made her feel sad and when remembering him she could only recall their bad moments in India. I could still recall their happy times though, memories that she had entrusted to me when we met, but seemed to have forgotten now.

Long ago, the taste of drifting apart from a beloved one made me understand that what gets stuck to the hand will destroy the good memories sooner or later. No matter what we are holding on to, it’s better to timely open the hand and let go of whatever holds you back. By doing this we will keep the happy moments at least.

But this was something I could not prevent her from suffering.